RECURSOS

LA ALABANZA SINCERA A DIOS

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Comienza este nuevo año y podemos meditar acerca de aquellos hábitos a reforzar, si ya lo tenemos, o adquirir en el caso de que no lo tengamos. Un hábito importante en el hijo de Dios y que nos ayuda a tener una buena relación con el padre es “la alabanza”.

Alabar a Dios es algo maravilloso y sublime, también es una experiencia viva. Es algo muy real y palpable, que todos podemos experimentar y que no está vedado para nadie.

La alabanza a Dios es, principalmente, un acto de gratitud por todo lo que Dios hace, pero más aún, porque él es digno de ella. Alabar a Dios implica un acto de reconocimiento de su grandeza y señorío, así como de lo excelso, único, admirable y grandioso que es él.

Al alabarle, proclamamos sus poderosos hechos, sus maravillas, su grandeza, su poder y su gloria. Le ensalzamos, enaltecemos, honramos, glorificamos y exaltamos con admiración y gratitud; recordamos victorias pasadas y declaramos triunfos futuros.

Cuando le alabamos, declaramos también lo que dice su Palabra acerca de él mismo: lo grande, Todopoderoso, omnipotente, misericordioso, soberano, altísimo, benevolente y clemente que él es.

Este es un tema amplio y profundo, que resulta a veces algo difícil ponerlo en palabras, Quizás no alcancemos a captarlo en toda su magnitud (valiéndonos tan solo de nuestro intelecto humano). Más bien es algo que cada quien debe experimentar personalmente con el Señor, convirtiéndose en una realidad en su vida, para poder adentrarse en la belleza y maravillas de alabarle y adorarle, como dice su palabra, “en espíritu y en verdad(Juan 4:23,24).

Solo quien lo vive ha de comprenderlo, pues no se trata de captarlo nada más que con la mente. También hay que entenderlo y vivirlo con el corazón, el alma y el espíritu. Con toda razón dijo el apóstol Pablo:

Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.(1 Corintios 2:14)

Es decir, al alabarle le glorificamos por todo lo que él ha hecho, hace y hará con y por nosotros, y por toda su obra en el universo entero. Y nos gozamos con júbilo y gratitud en todo esto. Al alabarle, bendecimos a Dios por cómo es él y por lo que nos da y hace por nosotros.

¡A todos los creyentes se les manda a que alaben a Dios! De hecho, Isaías 43:21 explica que la alabanza es una de las razones por las cuales fuimos creados, “Este pueblo he creado para mí; mis alabanzas publicará”. Hebreos 13:15 confirma esto: “Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de Jesús, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesen su nombre.”

El amor en la alabanza.

La alabanza se origina en un corazón lleno de amor hacia Dios. Deuteronomio 6:5 dice, “Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas.” Si eres hijo de Dios sabes que amas a Dios porque ¡Él te amó primero! Sin el amor de Dios, cualquier alabanza que puedas ofrecerle es hueca. El amor, nacido de una relación con Dios a través de Jesucristo, es una parte esencial de tu alabanza.

Cuando reconocemos a Jesucristo como nuestro Salvador y Señor, nuestros corazones anhelan alabar Su nombre. Filipenses 2:9-11 nos dice que Su nombre representa Su ser, describiendo quién es Él, “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.

La biblia nos cuenta una gran historia respecto a la alabanza. Un terremoto sacudió la cárcel después de que Pablo y Silas fueron golpeados y encarcelados, pero ellos continuaron alabando en la noche. Ellos glorificaron a Dios y las puertas de la cárcel se abrieron. Los prisioneros vieron al carcelero a punto de caer por su propia espada asumiendo que los prisioneros habían huido en la oscuridad. Le gritaron que no se dañara pues nadie había huido. El carcelero y su familia se volvieron creyentes. Él los llevó a sus cuarteles y lavó sus heridas, porque Dios realmente está en las oraciones de su pueblo. Esto sucedió en Filipo (Hechos 16:12-40).

Todos sabemos lo fácil que es pasarlo bien en la iglesia y lo difícil que es vivir nuestra fe en el día a día. A veces parecemos esquizofrénicos: una persona en la iglesia y otra muy distinta fuera de la iglesia. Pero si no adoramos al Señor con nuestras vidas, ¡lo que hacemos en la iglesia no es adoración verdadera!

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